Middlemarch
Middlemarch La desgracia de Lydgate, y también de Rosamond, era que su ternura por ella, al mismo tiempo impulso emocional y decisión meditada, se veía inevitablemente interrumpida por estallidos de indignación, unas veces irónicos y otras llenos de reproches. Rosamond los consideraba totalmente injustificados y la repugnancia que aquella severidad poco común despertaba en su interior aumentaba el peligro de hacerle inaceptable la ternura mucho más perseverante de su marido.
—Ya veo que no quieres que me vaya —dijo con helada mansedumbre—; ¿por qué no lo dices sin ponerte tan violento? Me quedaré hasta que me pidas que haga otra cosa.
Lydgate no dijo nada más pero siguió paseándose por la habitación. Se sentía magullado y exhausto y bajo sus ojos había aparecido una línea oscura que Rosamond nunca había visto antes. Le desagradaba mirarlo. Tertius tenía una forma de tomarse las cosas que las hacía aún mucho peores para ella.