Middlemarch
Middlemarch Bulstrode respiró aliviado ante aquellos indicios de que Raffles no se había acercado a Middlemarch desde su memorable visita en Navidades. Tan lejos y entre personas desconocidas para Bulstrode, ¿qué satisfacción podía hallar la vena atormentadora y presuntuosa de Raffles contando viejas historias escandalosas sobre un banquero de Middlemarch? ¿Y qué daño podía hacerle aunque hablara? Ahora lo más importante era vigilarlo mientras existiera el menor peligro de nuevos delirios inteligibles, de que surgiera otra vez el inexplicable impulso de hablar que parecía haber funcionado en el caso de Caleb Garth; a Bulstrode le preocupaba mucho que pudiera suceder algo parecido con Lydgate. El banquero se quedó en vela toda la noche, si bien ordenó al ama de llaves que se acostara vestida, para que estuviese lista cuando él la llamara, alegando, para velar al enfermo, su propia tendencia al insomnio y su interés por cumplir las indicaciones del médico, indicaciones que respetó fielmente, aunque Raffles pedía aguardiente sin cesar y declaraba que se estaba hundiendo… que la tierra se le hundía bajo los pies. Se mostró inquieto y durmió poco, pero seguía acobardado y manejable. Después de que se le ofrecieran alimentos como indicara Lydgate, ofrecimiento que rechazó, y de que se le negaran otras cosas que solicitó, Raffles pareció concentrar todo su terror en Bulstrode, tratando, suplicante, de aplacar su indignación, de que no se vengara negándole el necesario sustento y declarando con solemnes juramentos que nunca había dicho a mortal alguno nada contra él. Bulstrode comprendió que no le gustaría siquiera que Lydgate oyera aquello; pero un signo aún más alarmante de las irregulares alternativas en su delirio fue que, con el amanecer, Raffles pareció imaginar de repente que había un médico en la habitación y se dirigió a él afirmando que Bulstrode quería matarlo de hambre para vengarse de él por haber contado lo que nunca había contado.