Middlemarch

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Una mañana de noviembre, gris pero sin lluvia, Dorothea se trasladó, acompañada de su tío y de Celia, a Lowick, donde el señor Casaubon ocupaba la casa solariega. Cerca, y visible desde algunas partes del jardín, se hallaba la iglesia, con la vieja rectoría frente a ella. Al comienzo de su carrera, el señor Casaubon era tan solo el clérigo beneficiado de Lowick, pero a la muerte de su hermano tomó posesión de la casa solariega. La mansión disponía de un pequeño parque, con algún que otro roble añoso de hermosa silueta, una avenida de tilos hacia la fachada del sudoeste y una zanja y un muro de retención entre el parque y el jardín ornamental; de este modo, desde las ventanas del salón la vista se extendía sin interrupción a lo largo de una pendiente cubierta de césped hasta que los tilos terminaban en una llanura de maíz y de pastizales que con frecuencia parecían disolverse formando un lago bajo el sol poniente. Aquel era el lado risueño de la casa, porque el sur y el este ofrecían un aspecto bastante melancólico incluso en las mañanas más luminosas. Los jardines tenían aquí menos espacio, los macizos de flores no daban la impresión de estar muy cuidados, y grandes grupos de árboles, sobre todo tejos sombríos, habían crecido mucho a menos de diez metros de las ventanas. El edificio, de piedra verdosa, era de estilo inglés antiguo, no feo, pero de ventanas pequeñas y aspecto melancólico: el tipo de casa que necesita niños, muchas flores, ventanas abiertas y vistas agradables para que parezca un hogar alegre. Al final del otoño, con algunas hojas amarillas cayendo lentamente entre los oscuros árboles de hoja perenne en una quietud sin luz de sol, la casa tenía también un aire de decadencia otoñal, y el señor Casaubon, al hacer su aparición, se hallaba desprovisto de la frescura juvenil que aquel entorno pudiera realzar.


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