Middlemarch

Middlemarch

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Cinco días después de la muerte de Raffles, el señor Bambridge estaba sin hacer nada bajo el amplio arco que llevaba al patio del Dragón Verde. No era un hombre aficionado a la contemplación solitaria, pero acababa de salir del interior del edificio y cualquier persona que se colocara bajo el arco a primera hora de la tarde tenía tantas probabilidades de atraer compañía como una paloma cuando encuentra algo que merezca la pena picotear. En aquel caso no había nada material con que alimentarse, pero el ojo de la razón veía la posibilidad de sustento mental en forma de habladurías. El señor Hopkins, mercero de modales apacibles que tenía su establecimiento al otro lado de la calle, fue el primero en responder a aquella visión interior, por ser el más deseoso de un poco de conversación masculina, ya que sus clientes eran sobre todo mujeres. El señor Bambridge se mostró bastante brusco con el mercero, sabiendo como sabía que Hopkins tenía ganas de hablar con él, pero que él, por su parte, no iba a malgastar mucha conversación con Hopkins. Muy pronto, sin embargo, se había reunido ya un pequeño grupo de oyentes más distinguidos que, o eran personas que transitaban por la calle, o habían ido expresamente hasta allí para ver si pasaba algo en El Dragón Verde, por lo que el señor Bambridge decidió que merecía la pena contar muchas cosas notables sobre los hermosos sementales que había visto y sobre las compras que había hecho en un viaje al norte del que acababa de regresar. A los caballeros presentes les aseguró que, cuando estuvieran en condiciones de mostrarle algo que mejorase una yegua de pura sangre, de color bayo, de menos de cuatro años, que podían ver en Doncaster si se decidían a hacer el viaje, los recompensaría dejando que lo cazaran a tiros «desde allí hasta Hereford». Igualmente, una pareja de caballos negros a los que iba a empezar a domar y que le recordaban muchísimo a otro par que había vendido a Faulkner el año diecinueve por cien guineas y que Faulkner había vuelto a vender dos meses más tarde por ciento sesenta… Y a cualquier caballero que estuviera en condiciones de probar la falsedad de aquella afirmación se le ofrecía el privilegio de designar al señor Bambridge mediante un epíteto muy ofensivo hasta que se le secara la garganta de repetirlo tantas veces.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker