Middlemarch
Middlemarch Cuando la conversación estaba ya así de animada, se presentó el señor Hawley. No era un hombre que comprometiera su dignidad malgastando el tiempo en El Dragón Verde, pero sucedió que pasaba por High Street y, al ver a Bambridge en el lado opuesto, cruzó la calle de unas cuantas zancadas para preguntarle si había cumplido su encargo, volviendo con un caballo de primera calidad para tirar de su calesa. Al señor Hawley se le pidió que esperase a ver el tordo elegido en Bilkley: si no satisfacía por completo sus deseos, Bambridge no era capaz de reconocer un caballo cuando lo veía, lo que a todas luces era una cosa del todo inconcebible. El señor Hawley, de espaldas a la calle, estaba concertando el día y la hora para ver al tordo y hacerle una prueba, cuando un jinete cruzó por allí a paso lento.
—¡Bulstrode! —dijeron dos o tres personas en voz baja al mismo tiempo; una de ellas, que era el mercero, anteponiendo respetuosamente el «señor» pero sin que ninguno recalcara más el apellido al colocarlo entre exclamaciones que si hubieran dicho: «¡La diligencia de Riverston!» al ver aparecer el vehículo a lo lejos. El señor Hawley se volvió para lanzar una mirada distraída a la espalda de Bulstrode, pero Bambridge, mientras lo iba siguiendo con los ojos, hizo una mueca sarcástica.