Middlemarch
Middlemarch Notaba que se estaba volviendo tan violento y poco razonable como si hubiera enloquecido bajo el dolor de repetidas picaduras: se hallaba dispuesto a maldecir el día en que llegó a Middlemarch. Todo lo que le había sucedido desde entonces parecía una simple preparación para aquella terrible calamidad, que había caído como una enfermedad vergonzosa sobre sus nobles ambiciones y que, incluso ante personas con criterios muy poco exigentes, dañaría su reputación de manera irremediable. En momentos así es muy difícil que un hombre no sea injusto. Lydgate se vio como víctima y a los demás como responsables de arruinar su futuro. Había querido que todo fuera distinto y otros se habían introducido a la fuerza en su vida, desbaratando sus propósitos. Su matrimonio le pareció un desastre absoluto; y tuvo miedo de volver junto a Rosamond antes de haber desahogado su rabia solitaria, no fuera que el simple hecho de verla le exasperase y le hiciera comportarse de manera injustificable. Hay episodios en la vida de la mayoría de los hombres en los que sus mejores cualidades solo alcanzan a arrojar sombras disuasorias sobre los objetos que llenan su visión interior: la ternura de Lydgate estaba únicamente presente entonces como un temor a desvirtuarla, no como una emoción que le inclinase a actos positivos. Porque se sentía muy desgraciado. Solo quienes conocen la supremacía de la vida intelectual —la vida que tiene una semilla de ideas y de propósitos ennoblecedores dentro de sí— pueden entender el dolor de alguien que desciende de esa serena actividad a la lucha absorbente y agotadora con los problemas del mundo.