Middlemarch
Middlemarch Rosamond disfrutó de un destello de renovada alegría cuando la casa se vio libre de la amenazadora figura del agente de Dover y se pagó a todos aquellos acreedores tan desagradables. Pero no era feliz: su vida matrimonial no había satisfecho ninguna de sus esperanzas y suponía un completo fracaso frente a los vuelos de su imaginación. En aquel breve intervalo de calma, Lydgate, recordando que se había mostrado con frecuencia colérico en sus horas de angustia, así como los apuros por los que Rosamond había tenido que pasar, se mostró muy afectuoso con ella; pero también él había perdido algo de su antiguo brío, y sentía además la necesidad de insistir como algo inevitable en un cambio en su manera de vivir, tratando de que su mujer se hiciera a la idea gradualmente, y reprimía su indignación si le respondía expresando el deseo de que se trasladasen a Londres. Cuando no le daba esa contestación, Rosamond escuchaba con aire lánguido y se preguntaba si había algo por lo que mereciera la pena vivir. Las palabras duras y desdeñosas salidas de boca de su marido en sus arrebatos de cólera ofendieron profundamente la vanidad que él mismo había fomentado al principio con sus atenciones; y lo que Rosamond consideraba como su odiosa manera de ver las cosas mantenía viva una repugnancia secreta que le hacía recibir todas sus manifestaciones de ternura como un pobre sucedáneo de la felicidad que no había sido capaz de darle. Se hallaban en una posición desventajosa en relación con sus vecinos y ya no había ningún rayo de esperanza procedente de Quallingham… no quedaba nada que mereciera la pena excepto, de cuando en cuando, alguna carta de Will Ladislaw. La decisión de su joven amigo de abandonar Middlemarch la había herido y desilusionado porque, a pesar de lo que sabía y se imaginaba sobre su admiración por Dorothea, Rosamond acariciaba en secreto el convencimiento de que sentía, o de que llegaría a sentir, una mayor admiración por ella; porque era una de esas mujeres que viven con la idea de que todos los hombres que conocen las hubieran preferido si esa preferencia no hubiese sido un sueño imposible. La señora Casaubon era una mujer admirable; pero el interés de Will por ella era anterior a su encuentro con la señora Lydgate. Rosamond consideraba que la manera que tenía Ladislaw de hablar con ella —mezcla de crítica humorística y exagerada galantería— era un disfraz de sentimientos más profundos; y sentía en su presencia el agradable cosquilleo de la vanidad y la sensación de drama romántico que la presencia de Lydgate era ya incapaz de crear. Se imaginaba incluso —¿qué no llegarán a imaginarse los hombres y las mujeres en estos asuntos?— que Will exageraba su admiración por la señora Casaubon para estimular el interés de Rosamond. En tales cosas se ocupaba el cerebro de la señora Lydgate antes de la desaparición de Will. Ladislaw habría sido, pensaba ella, mucho mejor marido que Lydgate. Idea totalmente falsa, porque el descontento de Rosamond se debía a las características de la misma unión matrimonial, que exige autodominio y tolerancia, y no a la manera de ser de su marido; pero la agradable imagen de un «mejor» reñido con la realidad tenía un encanto sentimental que distraía su tedio. Rosamond elaboraba una tenue trama romántica que daba un poco de color a la monotonía de su vida: Will Ladislaw seguiría siempre soltero y viviría cerca de ella, para estar a su servicio y alimentar una pasión conocida pero nunca plenamente expresada, que lanzaría brillantes llamaradas de cuando en cuando en escenas repletas de interés. La marcha de Will había supuesto una desilusión acorde con el vigor de sus fantasías, y aumentado su hastío de Middlemarch; al principio, sin embargo, Rosamond contaba con el sueño alternativo de los placeres que la aguardaban en su trato con la familia de Quallingham. Desde entonces los problemas de su vida matrimonial no habían hecho más que complicarse, y la ausencia de otras distracciones animaba sus pesarosas cavilaciones sobre aquella tenue trama romántica con la que en otro tiempo se había alimentado. Hombres y mujeres cometen terribles equivocaciones acerca de sus propios síntomas, aceptando sus vagos anhelos y desasosiegos unas veces como pruebas de genialidad, otras de sentimiento religioso y, con más frecuencia aún, de la existencia de un apasionado amor. Will Ladislaw había escrito cartas llenas de anécdotas, mitad para Rosamond y mitad para su marido; ella las había contestado: su separación, pensaba la señora Lydgate, no era probable que fuese definitiva, y el cambio que más deseaba era que Tertius decidiera trasladarse a Londres; allí todo resultaría agradable, y Rosamond se había puesto a trabajar con tranquila perseverancia para lograr aquel resultado cuando surgió una repentina y deliciosa promesa que la animó en gran medida.