Middlemarch

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Lydgate no añadió nada más, pero subió en busca de Rosamond, que había terminado de vestirse hacía muy poco y permanecía inmóvil, preguntándose lánguidamente qué haría a continuación, ya que su habitual tendencia a no estar nunca desocupada, incluso en los días de mayor tristeza, la empujaba a iniciar trabajos que apenas progresaban o que abandonaba por falta de interés. Parecía enferma, aunque había recobrado su habitual sosiego en los modales, y Lydgate temía inquietarla si le hacía preguntas. Por la mañana le habló de la carta de Dorothea con el cheque, añadiendo a continuación: «Ladislaw ha llegado, Rosy; anoche estuvo aquí conmigo; supongo que volverá hoy. Me pareció bastante cansado y deprimido». Rosamond no le respondió.

Ahora, al llegar a su cuarto, le dijo muy amablemente:

—Rosy, querida, la señora Casaubon viene a verte otra vez; querrás recibirla, ¿no es cierto?

Que su mujer se ruborizara y pareciera sobresaltarse un tanto, no le sorprendió después de la agitación producida por la entrevista del día anterior… una agitación beneficiosa, pensó Lydgate, puesto que parecía haber logrado que Rosamond se interesara de nuevo por él.


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