Middlemarch

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De manera que había emprendido el viaje con la previsión, con el convencimiento, de que casi todo seguiría igual en aquel pequeño mundo que tan bien conocía; casi con el temor de que no encontraría ninguna novedad. Halló, sin embargo, Middlemarch en una situación terriblemente dinámica, en la que incluso las bromas y el entusiasmo por la lírica se habían vuelto explosivos; y el primer día de su visita se convirtió en el más amargo de su vida. A la mañana siguiente se sintió tan hostigado por la pesadilla de las consecuencias —temía tanto los resultados inmediatos— que al presenciar la llegada de la diligencia de Riverston mientras desayunaba, salió a toda prisa y tomó asiento en su interior, para verse libre, al menos por un día, de la necesidad de tener que hacer o que decir algo en Middlemarch. Will Ladislaw se encontraba en una de esas crisis laberínticas que son más comunes de lo que cabría imaginar si nos fiásemos del carácter superficialmente categórico de los juicios humanos. Había hallado a Lydgate, por quien sentía sincero respeto, bajo circunstancias que reclamaban la más total y manifiesta de las simpatías; y la razón de que, a pesar de aquel deber, fuera deseable evitar toda intimidad futura, o incluso contacto, con él, era precisamente una que hacía imposible en la práctica comportarse de aquel modo. Para una persona del temperamento impresionable de Will —sin ninguna zona de neutralidad indiferente en su carácter, dispuesto a convertir todo lo que le acontecía en los choques violentos de un drama apasionado— la revelación de que Rosamond, de algún modo, hiciera depender de él su felicidad, era un problema que su explosión de cólera había agrandado inconmensurablemente. Le desagradaba mucho ser tan cruel, si bien temía mostrar la profundidad de su arrepentimiento: era preciso volver de nuevo junto a ella; la amistad no podía terminar bruscamente y la infelicidad de Rosamond era una fuerza que le atemorizaba. Y mientras tanto quedaban en su vida tan pocas perspectivas de alegría como si le hubieran amputado las piernas y tuviera que aprender a andar con muletas. Por la noche estuvo considerando si no debería tomar la diligencia, no camino de Riverston, sino de Londres, dejando una nota para Lydgate que explicara con cualquier excusa su desaparición. Pero existían fuertes ataduras que hacían muy difícil aquella partida tan brusca: el agostamiento de su felicidad al pensar en Dorothea, la destrucción de su esperanza más honda, que había seguido viva a pesar de la reconocida necesidad de renunciar a ella, era todavía una herida demasiado viva para resignarse y volver directamente a un destierro que no sería más que otro nombre para la desesperación.


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