Middlemarch

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Bulstrode estaba lleno de tímida preocupación por su mujer, no solo para evitar con ello la severidad de sus juicios, sino porque le afligía mucho verla sufrir. La señora Bulstrode había mandado a sus hijas a un internado de la costa, con el fin de que supieran lo menos posible de aquella crisis. Liberada con su ausencia de la necesidad intolerable de explicar su dolor y de ser testigo de su asustada sorpresa, podía vivir con naturalidad la pesadumbre que todos los días teñía de blanco sus cabellos y daba mayor languidez a su mirada.

—Dime qué cosas te gustaría que hiciera, Harriet —le había pedido Bulstrode—; me refiero a disposiciones acerca de las propiedades. Mi propósito es conservar las tierras que poseo en los alrededores de Middlemarch, y dejártelas como depósito de seguridad para el futuro. Si tienes algún deseo en esta materia, no me lo ocultes.

—Me gustaría que hiciéramos algo por la familia de mi hermano, Nicholas; y creo que estamos obligados a compensar de algún modo a Rosamond y a su marido. Walter dice que el señor Lydgate tiene que dejar Middlemarch, que su clientela ha desaparecido prácticamente y que apenas le queda dinero para instalarse en otro sitio. Preferiría que nosotros nos pasásemos sin algo y compensar de esa forma a la familia de mi pobre hermano.


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