Middlemarch

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Tales eran las ideas que afligían a Bulstrode mientras se preparaba para abandonar Middlemarch e ir a terminar su vida truncada a ese triste refugio que depara la indiferencia de unos rostros desconocidos. La respetuosa y compasiva fidelidad de su mujer le había librado de un temor, pero no evitaba que su presencia misma fuese un tribunal ante el que aún no se atrevía a confesar ni a buscar la deseada defensa. Los subterfugios utilizados con motivo de la muerte de Raffles sostenían su concepción de una Omnisciencia con la que se comunicaba a través de la oración, pero quedaba en su interior un miedo que no le permitía presentarlos a juicio mediante una plena confesión a su mujer: a los actos que había lavado y diluido con razonamientos y motivos interiores y para los que parecía relativamente fácil conseguir un invisible perdón… ¿qué nombre les daría ella? Que Harriet pudiera calificar interiormente aquellos actos de asesinato, incluso sin llegar a decirlo, era algo que el señor Bulstrode no soportaba. Se sentía protegido por sus dudas: sacaba fuerzas de pensar que su mujer no estaba lo bastante segura para pronunciar contra él la peor de las condenas. Algún día, quizá —cuando estuviera muriéndose— se lo contaría todo: en las intensas sombras de aquel momento, cuando ella apretara su mano en la oscuridad cada vez más densa, quizá le escuchara sin rehuir el contacto con él. Quizá; pero la ocultación había sido el hábito más arraigado de su vida y el deseo de confesión carecía de fuerza ante el temor a una humillación más honda.


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