Middlemarch
Middlemarch A Rosamond le parecía, a todos los efectos, como si Lydgate y ella estuviesen prometidos. Que en algún momento llegarían a estarlo era una idea arraigada desde hacía tiempo en su cabeza; y las ideas, como todos sabemos, tienden a conseguir una existencia más sólida si encuentran a mano los materiales necesarios. Es cierto que Lydgate tenía la idea contraria de no comprometerse; pero se trataba de una simple negativa, de una sombra arrojada por otras resoluciones capaces de esfumarse. Resultaba casi seguro que las circunstancias terminarían respaldando la idea de Rosamond, que trabajaba activamente para conseguir sus propósitos y miraba a través de atentos ojos azules, mientras que la de Lydgate seguía ciega y despreocupada como una medusa que se licua sin darse cuenta.