Middlemarch

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«¡Cielo santo! Eso era exactamente lo que cabía esperar», pensó de inmediato el baronet. Si a su alma profética se le hubiera exigido ser más explícita, sir James habría elegido precisamente la expresión «ataques». Preguntó a su informador, el mayordomo, si se había enviado a buscar al doctor. El mayordomo no sabía que su amo hubiera deseado nunca la presencia del doctor; ¿no bastaría con mandar a por un simple médico?

Cuando sir James entró en la biblioteca, sin embargo, el señor Casaubon estaba ya en condiciones de dar algunas muestras de su habitual cortesía, y Dorothea, que en reacción a su primer espanto había estado arrodillada y sollozando a su lado, se levantó y propuso asimismo que alguien saliera a caballo en busca de un médico.

—Le recomiendo que mande a por Lydgate —dijo sir James—. Mi madre ha recurrido a él, y encuentra que su inteligencia está por encima de lo corriente. Y tenía mala opinión de los médicos desde la muerte de mi padre.

Dorothea apeló a su marido, que hizo en silencio un gesto de aprobación. De manera que se mandó a buscar a Lydgate y este llegó muy pronto, porque el mensajero, que era el criado de sir James y conocía al señor Lydgate, se lo encontró caminando junto a su caballo por la carretera de Lowick del brazo de la señorita Vincy.


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