Middlemarch
Middlemarch ¿Quién, que se interese por conocer la historia del hombre y de cómo se comporta ese ser misterioso ante las diferentes probaturas del Tiempo, no se ha detenido —al menos brevemente— en la vida de santa Teresa? ¿Quién no ha sonreído con ternura al pensar en la niña que se echa a andar una mañana, llevando de la mano a su hermano aún más pequeño, buscando el martirio en tierra de moros? Juntos salieron de Ávila con pasos infantiles, los ojos muy abiertos y un aire tan indefenso como el de dos cervatillos, aunque también con corazones humanos, que ya latían por un ideal, hasta que la realidad doméstica se tropezó con ellos en forma de tíos y los hizo abandonar tan gran empresa. Aquella temprana peregrinación fue un buen comienzo. El temperamento apasionado e idealista de Teresa exigía una vida épica: ¿qué eran para ella las interminables novelas de caballerías y los éxitos sociales de una muchacha brillante? Su llama consumió en seguida combustible tan insuficiente y, alimentada desde dentro, se alzó en busca de alguna satisfacción sin límites, de algún objeto que descalificara para siempre el cansancio, que reconciliase la más completa autorrenuncia con una extática conciencia de la vida más allá del yo terreno. Teresa encontró su epopeya en la reforma de una orden religiosa.
