Middlemarch
Middlemarch Algunos de los que hayan seguido el relato de su experiencia quizá se maravillen ante la densa oscuridad del señor Dagley; y es que en aquellos tiempos no tenía nada de extraordinario que un granjero de su condición fuese ignorante, aunque contase en la parroquia vecina con un rector que era un caballero hasta la médula, todavía más cerca con un vicario que predicaba sermones más eruditos que el rector, con un terrateniente que se había interesado por todo, especialmente por las bellas artes y las mejoras sociales, y con las luces de Middlemarch a menos de cinco kilómetros. En cuanto a la facilidad con que los mortales perseveran en la ignorancia, tómese a un conocido cualquiera que forme parte del mundo intelectual londinense y considérese lo que sería esa persona, invitado ideal en cualquier fiesta, si hubiera estudiado aritmética con el sacristán de Tipton y solo con inmensas dificultades lograse leer un capítulo de la Biblia, porque nombres como Isaías o Apolo le resultasen inmanejables después de deletrearlos dos veces. El pobre Dagley leía a veces unos cuantos versículos los domingos por la noche, y por lo menos el mundo no le resultaba después más oscuro que antes. Algunas cosas sí las conocía a fondo como, por ejemplo, las dificultades de la agricultura y lo imprevisible del tiempo, del ganado y de las cosechas en Freeman’s End[99], llamado así de manera sarcástica, según decían, dando a entender que un hombre era libre de dejarlo si lo tenía a bien, pero sin que existiera un «más allá» terrenal accesible para él.