Middlemarch
Middlemarch Rigg lo vio salir de la propiedad y echar a andar por el camino. Del cielo gris había terminado por caer una llovizna ligera que refrescaba los setos y los bordes cubiertos de hierba de los caminos apartados y que hacía apresurarse a los jornaleros que estaban cargando los últimos montones de maíz. Raffles, andando con el paso torpe de un vagabundo de ciudad que se ve obligado a hacer a pie un pequeño recorrido por el campo, resultaba tan incongruente entre la húmeda quietud y la laboriosidad rural como un mandril escapado de un jardín zoológico. Excepto las terneras, destetadas desde hacía ya mucho tiempo, no había nadie para contemplarlo, ni para mostrar desagrado ante su aspecto, a excepción de las pequeñas ratas de agua, que se alejaban al oírlo aproximarse.
Tuvo la suerte de que al llegar al camino real le alcanzara la diligencia, que lo llevó hasta Brassing; y desde allí tomó el ferrocarril recién construido, donde comentó a los otros pasajeros que los trenes habían probado su eficacia acabando con Huskisson[103]. El señor Raffles mantenía casi siempre la ficción de haberse educado en un buen colegio y de ser capaz, si se lo proponía, de quedar bien en cualquier sitio; de hecho se consideraba en condiciones de ridiculizar y atormentar a cualquier mortal, convencido del buen rato que se proporcionaba a sí mismo y a todos los que le escuchaban.