Middlemarch
Middlemarch —Es una pena, de verdad, Josh —dijo Raffles, fingiendo rascarse la cabeza y alzar las cejas como si no diese crédito a sus oÃdos—. Te aprecio mucho, de verdad, te lo juro. No hay nada que me guste tanto como importunarte… ¡Te pareces tanto a tu madre que me cuesta renunciar a ello! Pero con el aguardiente y un soberano ¡trato hecho!
Extendió el brazo con el frasco y Rigg se dirigió hacia un buró antiguo de roble muy elegante con las llaves en la mano. Raffles habÃa recordado al moverlo que el frasco quedaba peligrosamente suelto dentro de su funda de cuero y, al ver un papel doblado que habÃa caÃdo detrás de la pantalla de la chimenea, lo recogió y lo introdujo entre el cuero y el cristal para asegurar la estabilidad del recipiente.
Para entonces Rigg regresaba ya con una botella de aguardiente, con la que procedió a llenar el frasco, al tiempo que entregaba un soberano a Raffles, sin mirarlo ni hablar con él. Después de cerrar de nuevo el buró con llave, se acercó otra vez a la ventana y miró hacia el exterior tan impasiblemente como lo habÃa hecho al principio de la entrevista. Raffles, mientras tanto, bebió un sorbo, tapó el frasco y lo depositó en un bolsillo lateral con irritante lentitud, haciendo una mueca hacia la espalda de su hijastro.
—¡Adiós, Josh… quizá para siempre! —dijo Raffles, volviendo la cabeza al abrir la puerta.