Middlemarch

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Mientras pronunciaba las últimas palabras, Rigg se volvió y miró a Raffles con sus ojos saltones y helados. El contraste era tan llamativo como podía haberlo sido dieciocho años antes, cuando Rigg era un muchacho sin el menor atractivo y siempre a mano para recibir patadas y Raffles el adonis más bien corpulento de los bares y de las trastiendas. Ahora era Rigg quien ocupaba la posición ventajosa y cualquier hipotético oyente de esta conversación habría esperado tal vez que Raffles se retirara con aire de haber sido derrotado en toda la línea. En absoluto. Hizo una mueca, habitual en él siempre que perdía en algún juego; luego se echó a reír y sacó un frasco de aguardiente del bolsillo.

—Vamos, Josh —dijo con tono lisonjero—, dame un trago de aguardiente y un soberano para pagar el viaje de vuelta y me iré. ¡Te lo prometo! ¡Saldré tan deprisa como una bala, voto al chápiro!

—Recuérdelo —dijo Rigg, sacando un manojo de llaves—, si lo vuelvo a ver no le hablaré. Será como si hubiera visto a un cuervo; y si usted insiste, no sacará nada en limpio excepto que se le conozca por lo que es: un bribón rencoroso, desvergonzado y pendenciero.


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