Middlemarch

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Dorothea apareció por fin en aquel pintoresco escenario, avanzando por el breve pasillo con su sombrero blanco de castor y su capa gris: los mismos que llevaba durante la visita al Vaticano. Como desde el momento de entrar su rostro estaba orientado hacia el presbiterio, a pesar de su cortedad de vista reconoció muy pronto a Will, pero no hubo más signo exterior de sus sentimientos que una ligera palidez y una grave inclinación de cabeza al llegar a su altura. Para su propia sorpresa, Will se sintió repentinamente incómodo y no se atrevió a mirarla después de devolverle el saludo. Dos minutos después, cuando el señor Casaubon salió de la sacristía y, al entrar en el banco, se sentó frente a Dorothea, Will notó que su parálisis era aún más completa. Solo podía mirar al maestro del coro situado en el pequeño balcón sobre la puerta de la sacristía: Dorothea estaba quizá dolida y él había cometido un lastimoso error. Ya no era divertido molestar al señor Casaubon, que tenía la ventaja, probablemente, de estar vigilándolo y de advertir que no se atrevía a volver la cabeza. ¿Por qué no había pensado antes en todo aquello? Si bien no podía prever que tuviera que sentarse solo en aquel banco, sin la presencia de ninguno de los Tucker, que, al parecer, se habían marchado definitivamente de Lowick, porque el clérigo que se hallaba ante el atril era un desconocido. De todas formas Will se llamó estúpido por no haber previsto que le sería imposible mirar hacia Dorothea: más aún, que ella podía considerar su aparición una impertinencia. No había forma, sin embargo, de librarse de aquella jaula; y Will encontró los pasajes en el texto y mantuvo la mirada en las páginas del libro como lo hubiera hecho una maestra, convencido de que el servicio matutino nunca había sido tan desmesuradamente largo, y de que él resultaba completamente ridículo, estaba de mal humor y se sentía muy desdichado. ¡Aquello era lo que conseguía un hombre por idolatrar hasta la sombra de una mujer! El maestro del coro observó con sorpresa que el señor Ladislaw no se unía al himno de Hannover, y supuso que estaría resfriado.


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