Middlemarch
Middlemarch Los libros carecían de utilidad. Pensar, también. Era domingo y no disponía del coche para ir a ver a Celia, que acababa de tener un hijo. No existía refugio contra el vacío espiritual y el descontento, y Dorothea tuvo que soportar el mal humor como hubiese soportado una jaqueca.
Después de cenar, a la hora en que habitualmente empezaba a leer en voz alta, el señor Casaubon propuso que fueran a la biblioteca, donde, dijo, había encargado ya que encendieran el fuego y llevaran luces. Parecía reanimado y activamente ocupado en sus pensamientos.
Ya en la biblioteca, Dorothea observó que su marido había reordenado sobre la mesa una hilera de cuadernos. En seguida el señor Casaubon le hizo entrega de una libreta que ella conocía perfectamente y que contenía un índice de todos los demás cuadernos.
—Te quedaré muy agradecido, querida —dijo él, tomando asiento—, si, en lugar de leer hoy cualquier otra cosa, repites en voz alta el contenido de esa libreta con un lápiz en la mano, y cada vez que yo diga «marca», haces una cruz. Se trata del primer paso de un proceso de selección que vengo considerando desde hace tiempo, y a medida que avancemos estaré en condiciones de indicarte ciertos principios mediante los cuales confío en que participarás de una manera inteligente en lo que me propongo hacer.