Middlemarch

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El señor Casaubon no se había encontrado muy bien por la mañana, aquejado de ciertas dificultades de respiración, y esa era la causa de que no hubiese predicado; a Dorothea no le sorprendió, por tanto, que casi no hablara durante el almuerzo, y todavía menos que no hiciese la menor alusión a Will Ladislaw. Por su parte, se daba cuenta de que ella nunca volvería a mencionarlo. Los domingos, de ordinario, el señor y la señora Casaubon pasaban separados las horas entre el almuerzo y la cena; el señor Casaubon se recluía en la biblioteca, dormitando casi todo el tiempo, y Dorothea en su boudoir, donde solía leer alguno de sus libros favoritos, que formaban un montoncito sobre la mesa junto al mirador: libros de distintas clases, desde Herodoto, que estaba aprendiendo a leer con la ayuda del señor Casaubon, hasta su compañero desde hacía años, Pascal, y también el Año cristiano[114]. Hoy los abría uno tras otro y no era capaz de interesarse por ninguno. Todo le resultaba monótono: los prodigios antes del nacimiento de Ciro… las antigüedades judías… ¡Dios mío!… los epigramas devotos… la sagrada armonía de sus himnos preferidos… todos tan insípidos como melodías aporreadas sobre madera: hasta las flores primaverales y la hierba se estremecían débilmente bajo las nubes de la tarde que de vez en cuando ocultaban el sol; incluso los pensamientos consoladores ya convertidos en hábito parecían encerrar en su interior el cansancio de largos días futuros en los que seguiría viviendo con ellos como únicos compañeros. Era otra cosa, o más bien una especie más intensa de compañía lo que ella necesitaba, y aquella necesidad había ido creciendo debido al esfuerzo constante que le exigía su vida de casada. Dorothea siempre estaba tratando de ser lo que su marido quería que fuese, pero nunca lograba comprobar que al señor Casaubon le satisficiera lo que ya era. Las cosas que a ella le gustaban, las que espontáneamente le apetecía tener, quedaban siempre excluidas de su vida; porque, si se trataba de algo concedido pero no compartido con el señor Casaubon, el resultado era el mismo que si se le hubiera negado. Acerca de Will Ladislaw había existido desacuerdo entre ellos desde el primer momento, y la reflexión sobre aquel desacuerdo, desde que el señor Casaubon rechazó con tanta severidad los vivos sentimientos de Dorothea sobre los derechos de su primo a las propiedades familiares, había terminado convenciéndola de que ella estaba en lo cierto y de que su marido se equivocaba, pero que estaba atada de manos. Aquella tarde la impotencia le resultaba más dolorosamente paralizante que nunca: Dorothea anhelaba contar con personas sobre quienes volcar su afecto y que respondieran a aquel afecto suyo. Anhelaba una tarea que fuese directamente benéfica como el sol y la lluvia y, en cambio, parecía que iba a vivir cada vez más en algo que se asemejaba mucho a una tumba, rodeada de los instrumentos de una tarea espectral cuyos resultados nunca llegarían a ver la luz. Dorothea había estado aquel día en la puerta de la tumba y había visto a Will Ladislaw alejándose en dirección a un mundo de cálida actividad y de confraternización… volviendo el rostro hacia ella mientras caminaba.


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