Middlemarch
Middlemarch —¿Cómo podría yo ahora perseverar en ninguna senda sin tu compañía? —dijo el señor Casaubon, besándola en la frente y convencido de que el cielo le había concedido un don en perfecta armonía con sus peculiares necesidades. Le afectaban de manera inconsciente los encantos de un ser incapaz de cálculo, tanto para consecuencias inmediatas como para fines más remotos. Era aquello lo que hacía tan infantil a Dorothea y, según algunos críticos, tan estúpida, a pesar de su supuesta inteligencia; como, por ejemplo, en la presente ocasión, al arrojarse (hablando metafóricamente) a los pies del señor Casaubon para besarle los cordones pasados de moda de sus zapatos, como si fuera un Papa protestante. No impulsaba en lo más mínimo al señor Casaubon a preguntarse si estaba en condiciones de hacerla feliz; todo su afán era ponerse a la altura del señor Casaubon. Antes de que el erudito clérigo se marchara a la mañana siguiente ya se había decidido que el matrimonio se celebrara en el plazo de seis semanas. ¿Por qué no? La casa del señor Casaubon estaba preparada. No era una rectoría, sino una mansión con muchas tierras anexas. La rectoría estaba ocupada por el vicario, que tenía a su cargo todas las tareas pastorales, a excepción del sermón dominical.