Cuando era divertido
Cuando era divertido El hombre giró la cabeza, observándolo con una mezcla de sorpresa e incredulidad. Por un instante, ninguno de los tres se movió. La tensión era tan densa que parecía llenar cada rincón del apartamento.
—Y tú, ¿quién eres? —preguntó al fin el hombre, con un tono que era más amenaza que curiosidad. —Un amigo —respondió él, intentando mantener la compostura. —¿Un amigo? —repitió el hombre, dejando escapar una risa seca y amarga—. No pareces solo un amigo.
La mirada de ella era un grito de súplica, pero él no sabía cómo responder. Antes de que pudiera pensar en algo más, un nuevo golpe resonó en la puerta principal. Tres golpes secos, como si el propio edificio estuviera exigiendo respuestas.
—¿Esperas a alguien más? —preguntó el hombre, con los ojos clavados en ella.
Nadie respondió.
La puerta tembló de nuevo, esta vez con más fuerza. Y entonces, sin previo aviso, se abrió de golpe, dejando entrar un viento helado que apagó las luces del salón.
Allí, en el umbral, se recortaba una nueva figura. Más baja, más delgada, pero con una presencia que llenaba el espacio como si hubiera traído consigo todo el peso de la noche.