El regalo
El regalo —No. Esto es La Isla.
—¡Pero no hay mar! ¡No hay agua!
—No la necesitas para estar encerrado.
Se llevó las manos a la cabeza. Un zumbido le vibraba en el cráneo. Todo esto era imposible. TenÃa que haber una salida.
—Siéntate —dijo ella, señalando una banca.
—No quiero sentarme, quiero salir de aquÃ.
—Y para salir, primero hay que entender.
Él soltó un bufido, pero su cuerpo estaba exhausto. Se dejó caer en la banca, con las piernas aún tensas, listo para levantarse si era necesario.
La mujer se sentó a su lado.
—Aquà no hay coches. No hay teléfonos. No hay policÃa.
—Ya me di cuenta.
—Y tampoco hay prisa.
Él la miró de reojo.
—¿Qué es este sitio?
La mujer entrecerró los ojos, pensativa.
—Dime algo… ¿qué es lo último que recuerdas antes de llegar aqu�
Él frunció el ceño.
—Mi coche. Lo robaron.
—¿Y antes de eso?
—Nada importante.