Invisible
Invisible Frente al espejo de su cuarto, observó su reflejo y no vio al chico que era. Vio al monstruo que todos decían que existía. Y ese día entendió que tal vez tenían razón. Si ser él dolía tanto, mejor ser nadie.
Despertó con un zumbido en los oídos y el sabor metálico de la derrota. El techo blanco lo cegaba, y por un momento pensó que había logrado desaparecer. Pero no: seguía ahí, en una cama de hospital, con los brazos llenos de marcas que no eran solo suyas. En la silla de al lado, su madre, deshecha, lo miraba con una mezcla de culpa y alivio. “Te dormiste un ratito”, dijo, como si eso pudiera borrar lo ocurrido. Nadie quería nombrar lo que realmente había pasado.
En los días siguientes, las visitas se mezclaban con la rutina clínica. Enfermeras, doctores, psicólogos… todos con frases aprendidas, con esa voz tranquila que usan quienes no quieren mirar demasiado hondo. Pero cuando ella —la psicóloga— le dejó un cuaderno en la mesa, algo cambió. Al principio lo miró con recelo. Luego empezó a escribir. Primero frases cortas, luego escenas completas. Allí contaba lo que nadie había querido oír: las risas en los pasillos, los empujones en la escalera, las notas escondidas con insultos, las veces que rogó que alguien interviniera y nadie lo hizo.