Invisible
Invisible En cada palabra había un temblor. Las letras le salían torcidas, manchadas de lágrimas, pero eran suyas. Era su forma de existir. “Esto no puede ser cierto”, murmuró la psicóloga un día al leer lo que escribía. Y él pensó: eso mismo dijeron todos cuando aún podía hablar .
Su hermana vino a visitarlo. Le contó que en el colegio había silencio, que algunos se hacían los arrepentidos. Que los mismos que lo empujaban ahora subían fotos con frases de apoyo. Hipocresía digital. Él solo asintió. Ya no le quedaba odio, solo cansancio. Nadie entendía que el daño no termina cuando cesan los golpes, sino cuando se instala la idea de que el mundo te considera prescindible.
Esa noche escribió más que nunca. Su historia se volvió una confesión y una denuncia. Cada palabra era una chispa que ardía sobre el papel, un intento de alumbrar el rincón donde la sociedad guarda todo lo que no quiere ver. Si algún día alguien la leía —pensó—, tal vez comprendería que no se muere solo por las manos que golpean, sino por las que no se levantan para detenerlo.