Invisible
Invisible Comenzó a desaparecer sin darse cuenta. Primero bajó la cabeza. Luego dejó de hablar. Después, de mirar. Aprendió a moverse pegado a las paredes, a respirar despacio, a borrar su sombra. Invisible no dolía tanto. Invisible no sangraba. Invisible no lloraba frente a ellos. Hasta que el cuerpo empezó a traicionarlo y la tristeza se volvió un peso imposible de esconder.
Ahora, mientras la enfermera le deja una bandeja con comida que no probará, él observa su reflejo en la cuchara. No reconoce ese rostro pálido, con los labios resecos y los ojos huecos. Se pregunta si los que lo humillaban lo reconocerían tampoco. Tal vez se rían otra vez. Tal vez digan que exagera.
Un carro pasa junto a él y lo hace retroceder un paso. El corazón se le acelera. Por un segundo, está de nuevo allí: en el baño del colegio, con el grifo goteando y una carcajada acercándose. Siente el temblor en las manos, el sudor helado en la espalda. Luego abre los ojos y ve el pasillo blanco, el hospital, el presente. Pero los ecos siguen ahí. Porque el miedo, una vez aprendido, no se borra: se queda habitando el silencio.