El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —DÃas de luto, de llanto, de dolor, te esperan, ciudad ingrata. La sangre de tus hijos regará tus fértiles campos. Sobre tus ruinas se amontonarán a miles los cadáveres insepultos. Las águilas y los cuervos que anidan en las desiertas rocas del LÃbano y Ararat vendrán en inmensos escuadrones a cernirse sobre tus desmoronadas torres. Sus corvos picos, sus afiladas garras, destrozarán sin piedad las entrañas de los deicidas, y los que sobrevivan a tan espantosa catástrofe, cual débiles granos de mostaza que esparce el soplo poderoso del huracán, se esparcirán por el universo, errantes y perseguidos, para no reunirse nunca. Ni los hijos de los hijos de sus hijos dejarán de ser errantes peregrinos sobre cuyas frentes pesará la maldición de Dios por los siglos de los siglos.
Los apóstoles temblaron por la suerte que estaba reservada a sus descendientes. Sólo un rostro veÃase sereno, inmutable; sólo en una fisonomÃa notábase la duda: la de Judas, que no creyendo las palabras de su Maestro, procuraba ocultar una sonrisa irónica que pugnaba por asomar a sus labios.