El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Todas las tardes después de las abluciones, cuando los rayos del sol comenzaban a bañar con la roja luz del crepúsculo vespertino las cordilleras del Thabor, las águilas, abandonando sus negros nidos del Líbano, se cernían con perezoso vuelo sobre los blancos y elevados minaretes de Jerusalén, María, cubierta con el pudoroso velo de las vírgenes y seguida de sus compañeras, entonaba con fervoroso acento, al pie del ara, las plegarias de Estra, y el Dios de Sión, indudablemente, oía su dulce súplica, que desde el polvo de la tierra se elevaba hasta el santuario de su paraíso, expresada en este poético y santo estilo:
«¡Oh, Dios!… Que vuestro nombre sea glorificado y santificado en este mundo que vos habéis creado, según vuestra voluntad; haced reinar vuestro reino: que la redención florezca y que el Mesías venga prontamente».[29]
Esto entonaban al son de las melodiosas arpas las vírgenes del templo, y el pueblo les respondía con fervoroso acento, inclinando las frentes al suelo:
«Amén, amén».
Luego repetían los inspirados versículos del bello salmo de los profetas Aggeo y Zacarías:
«El Señor desata a los que están encadenados: el Señor ilumina a los que están ciegos».
«El Señor levanta a los que están caídos: el Señor ama a los que son justos».