El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota En este momento de confusión y de duda en que todos hablaban y el miedo y el temor no les dejaba entenderse, se presentó en el Sinedrio un ejecutor de las sentencias, y dijo:
—Ilustre Senado, en el atrio de las naciones espera un hombre vuestro permiso para entrar; se llama Judas y es discípulo del falso profeta que trastorna la paz de la ciudad santa.
Los sacerdotes se miraron los unos a los otros, como preguntándose qué querría aquel hombre, discípulo de Jesús. Anás, el más resuelto de todos y el enemigo más encarnizado de Cristo, sin esperar a que sus compañeros decidieran, exclamó.
—Conduce a ese hombre hasta aquí.
Poco después, Judas Iscariote se hallaba en el Sinedrio, delante de los terribles y rencorosos enemigos del Maestro Divino. Todas las miradas se fijaron en el recién venido. Judas giró en torno suyo los ojos, demostrando una agitación espantosa. Diríase que aquel hombre había corrido mucho. Su respiración era fatigosa; agitaba los labios como si la lengua se le pegara al paladar. Todos sus movimientos demostraban el miedo, el cansancio, el disgusto.
Los sacerdotes le contemplaron unos breves instantes, ignorando si aquel hombre era un amigo o un enemigo. Por fin, Anás rompió el silencio, preguntando de este modo: