El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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El grosero camelote[34] envolvía las delicadas formas de la Virgen, y los pequeños pies llevaba aún descalzos, cuando un segundo emisario fue al templo a anunciarle que su madre estaba expirando. La joven, acompañada de una de las matronas, corrió junto al lecho de su madre. Era de noche: junto a la modesta puerta de la casa de Ana vio María una plañidera acurrucada, que lanzaba al viento sus dolorosos gemidos.

—Mujer —le dijo—, ¿es la madre de mi alma muerta por desgracia?

—No, Virgen —le respondió—: aún vive; pero mi llanto anuncia su última hora que está cercana.

El rocío de la mañana, al descender de los cielos, encontró el alma de Ana, que se elevaba al trono de Dios.

María era huérfana, y, como tal, libre y dueña de su albedrío. Pero Ella eligió la casa de Dios como refugio de su destrozado corazón. Su dolor fue angustioso, grande, pero resignado.

Desde el fondo de su alma virginal, se exhalaron preciosas y abundantes lágrimas, porque su corazón, fuente de inagotable ternura, no se secó jamás; y elevando al cielo su rostro dolorido y sus anegados ojos, exclamó con doloroso acento, apurando el cáliz de la amargura:

—¡Oh, Jehová! ¡Hágase tu voluntad!


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