El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Nicodemus cubrióse la cabeza con el extremo del manto, por no ver los feroces rostros de los jueces, por no oír las horribles blasfemias de sus compañeros. José de Arimatea imitó a su amigo y ambos salieron del salón precipitadamente, murmurando:
—Huyamos de este sitio donde la ley esgrime el puñal del asesino, donde los jueces tienen el aspecto de los verdugos.
Juan también abandonó sobresaltado la sala. Al pasar junto a Pedro le dijo:
—Jesús está perdido; corro a consolar a su Madre.
Pedro, absorto, aterrado de lo que acababa de presenciar, fue a ocultarse entre la muchedumbre, temeroso de que le reconocieran. Mientras tanto, la rabia, el frenesí, se habían apoderado de los que rodeaban al paciente Jesús. Unos escupían su purísimo rostro, otros azotaban con varas sus espaldas y los soldados descargaban terribles bofetadas sobre sus divinas mejillas.
Jesús, entregado al populacho y a la soldadesca, fue en casa del pontífice el objeto de las burlas más sangrientas.
—Haz un milagro, falso profeta —le decía uno haciéndole gestos horribles.
—Adivina cómo se llama el que te da esta bofetada, sabio magno —repetía otro.