El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Las carcajadas, los gritos, los aullidos, atronaban aquellas malditas bóvedas. Nunca el hombre más despreciable de la tierra se había visto tan cruelmente escarnecido por sus jueces. El último de los criminales tiene siempre un amigo que le respeta: la ley, y un pueblo que le compadece.
Jesús, el Redentor del hombre, el purísimo lirio de Nazaret, la fuente vivificadora de Galilea, el Salvador de Israel, se halló solo con su dolor en manos de sus feroces verdugos. Pedro, aturdido, medroso y sin poderse explicar lo que veía, procuró, no sin mucho trabajo, abandonar el salón, y fue a refugiarse en el atrio de la casa del pontífice, donde algunos criados se calentaban alrededor de una fogata.
Sin saber cómo, ocupó un sitial al lado de aquellas gentes que comentaban con alegre alborozo el acontecimiento del falso profeta.
—¡Oh! El ilustre pontífice Caifás no estará descontento de sus servidores —decía un criado—. Al abandonar el salón, les ha dicho: Soldados, yo os entrego a este rey; tratadle como se merece.
—Y los soldados se portan bien.
—Es costumbre romana y que ha llegado a Israel —dijo otro—, el que las legiones celebren con muestras de regocijo la subida de un nuevo emperador.
—Estoy seguro —objetó un tercero— que a esos imbéciles no se les ocurre coronar al nuevo rey.