El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Te engañas, Nacor: Malco ha tenido esa buena idea; es hombre de ingenio.

—¡Ah! ¿Le han coronado?

—Sí, de espinas, y la sangre que corre por su frente brilla como las perlas de la reina Sara, que, según dicen, eran unas perlas muy hermosas.

Esa frase terminó con una carcajada. Entonces se acercó a la fogata una mujer que ejercía las veces de portera. Tendría unos treinta años; era alta, morena y de ademanes desenvueltos; llevaba una rueca en la mano izquierda y un huso en la derecha.

—Mucho madrugas hoy, Rebeca —le dijo uno de los que la rodeaban.

—¡Bah! ¿Se ha acostado alguien en esta casa esta noche? —respondió la mujer.

Y fijando sus penetrantes ojos en la inmóvil y atemorizada figura de Pedro, continuó, colocando su mano sobre el hombro del apóstol y apartando un poco el manto para verle mejor la cara:

—¿No estabas tú con Jesús el Nazareno?

Todas las miradas se fijaron en el apóstol. Pedro se estremeció, pero era preciso dar una respuesta a aquella pregunta, y respondió turbado:

—Mujer, ni le conozco ni sé lo que dices.

Pedro, no creyéndose seguro en aquel sitio, se levantó y salió del atrio. Al cruzar los umbrales se detuvo. Entonces oyó el penetrante canto de un gallo.


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