El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Está bien, ya que ellos no quieren venir hasta mí, yo iré hasta ellos. Cayo, forma mi guardia pretoriana en las gradas del palacio, coloca mi trono ambulante bajo el primer pórtico y pon dos portaestandartes al pie de la escalinata. Voy a ver qué quieren de mí esos perros rabiosos.

Cayo obedeció a su señor. El pueblo apagó un tanto sus feroces aclamaciones, en vista del aparato guerrero que el juez romano desplegaba. Appio colocó dos portaestandartes en la primera grada del palacio. Aquellos soldados, graves, amenazadores, con la piel de leopardo sobre las espaldas, la bruñida coraza y el estandarte con el águila[121] imperial, inspiraban respeto.

Pronto cundió la noticia de que el juez romano iba a presentarse. Jesús, mientras tanto, se hallaba en mitad de la plaza, sufriendo los insultos y los golpes del populacho. Por fin apareció Pilato bajo los pórticos de su palacio, sentado en un rico sillón de oro que conducían cuatro esclavos.

La presencia del gobernador reanimó los instintos sangrientos y feroces del populacho. Poncio Pilato extendió en dirección a la plaza un pequeño bastón de oro que llevaba en la mano, como indicando que quería hablar.


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