El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Un silencio profundo se extendió por la plaza. El gobernador abarcó con una mirada de desprecio aquella muchedumbre y, luego, dirigiendo otra de compasión al reo, dijo con voz entera y sonora:
—Pueblo que vienes a interrumpir el dulce sueño de la mañana a tu juez, ¿qué quieres?
—¡Justicia! ¡La cruz para Jesús Nazareno! —exclamaron mil voces a un tiempo.
Pilato extendió por segunda vez el bastón y dijo:
—¿De qué delito acusáis a ese hombre? Pero os prevengo que no quiero que habléis todos a la vez. Que tome uno de vosotros la palabra y los demás que guarden silencio.
Entre los sacerdotes hubo un momento de vacilación, buscando el que debía exponer ante el juez romano los crímenes imaginarios del Nazareno. Por fin eligieron a un hombre que se prestó a tan degradante comisión. Tenía una voz estentórea y una estatura elevada.
Este hombre, que avanzó hasta llegar junto a los estandartes, se llamaba Beli-Beth.