El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Más que un palacio, era un pueblo. Sus inmensos jardines, sus anchurosos salones, admiraban a los viajeros. Herodes Antipas, el matador del Bautista, se hallaba en este palacio cuando uno de sus servidores fue a decirle que Pilato, el juez romano, le enviaba a Jesús Nazareno para que le juzgara según su recta justicia tuviera por conveniente. Herodes tenía vivos deseos de conocer a Jesús, cuya fama había llegado a sus oídos. Trasladóse a la sala de las audiencias con gran precipitación, mandando que introdujeran al reo y a sus acusadores a su presencia. Cuando Jesús entró a la sala, Herodes se hallaba sentado en su trono. El Galileo, que durante la noche anterior y parte de la mañana no había levantado sus ojos del suelo, sin abandonar ni un solo momento su admirable mansedumbre, tan pronto como se vio delante del asesino de Juan el Bautista fijó en él su mirada llena de reconvención. Herodes mantuvo aquella mirada por un momento y luego dijo:

—No podéis pensaros, respetables sacerdotes, lo que os agradezco el que me presentéis a este hombre: hace tiempo que la fama de sus milagros resuena en mis oídos y deseo vivamente ver por mis propios ojos uno de esos prodigios que traen alborotados a los sencillos habitantes de Zabulón. Acércate, profeta y no temas, y puesto que los prodigios están en tus manos, muéstrame tus habilidades. Confunde mi poca fe. Vamos, haz un milagro.


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