El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Y con un movimiento de cabeza le señaló a Juan. Poco después, volviéndose a su discípulo, continuó:

—Juan, ahí tienes a tu Madre.

El dolor de María era tan inmenso que su lengua no pudo articular más que suspiros angustiosos, lamentos de dolor. Jesús alzó los ojos al cielo, como si buscara a su Padre en el pálido y triste horizonte que se extendía sobre su cabeza ensangrentada y exhalando un doloroso grito, dijo estas palabras:

¡Elí! ¡Elí! Lamma sabacthanni.[131]

Y los verdugos, al escuchar estas palabras, exclamaron en tono de mofa:

—Llama a Elías para que venga a librarte, pero dile que no se detenga en el camino, porque puede llegar tarde.

María, abrazada al afrentoso madero, no apartaba sus dolientes ojos del angustiado rostro de su hijo. Cada una de sus palabras abría una cruelísima herida en su corazón. Los verdugos habían tenido la crueldad de permitirle que llegara hasta el sitio del tormento y se gozaban de su dolor.

Jesús agitó la cabeza con un movimiento de agonía y en este momento un relámpago azulado cruzó el éter, y la poderosa voz del trueno llenó con su eco aterrador los dilatados ámbitos del espacio.


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