El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota TODO ESTÁ CUMPLIDO
María, la Flor de la pureza, la Virgen inmaculada, no pudo permanecer mucho tiempo en la cueva adonde la habían conducido sus cariñosos amigos. Quiso volver a su Hijo. Los ruegos de Juan, las súplicas de Magdalena, fueron vanas; salió por fin y poco después caía arrodillada a los pies de Jesús y se abrazaba al cruel madero con el alma destrozada de dolor y angustia.
Mientras tanto, el sol se oscurecía, sin que una sola nube cruzara el firmamento. La tierra iba tomando un color pálido, triste, como el doloroso semblante del Mártir de la cruz.
Las aves buscaban precipitadamente un refugio en los frondosos árboles del valle de los Cedros y del huerto de Getsemaní. Las tinieblas de la noche luchaban para usurpar el cetro al padre del día.
Jesús, viendo que su hora se acercaba, dejó caer hacia su Madre una dolorosa mirada. Sus ojos, llenos de dulce y amorosa expresión, tropezaron con las miradas angustiosas de los tres únicos seres que le habían acompañado hasta la cumbre del Gólgota: su Madre, María Magdalena y Juan, su discípulo favorito. La angustiosa mirada de la Virgen parecía pedirle fuerzas para soportar tan bárbara agonía. Jesús se estremeció y dijo con débil acento, dirigiéndose a su Madre:
—Mujer, ahí tienes a tu hijo.
