El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La puerta se abrió sin tocarla nadie. Un joven que a lo más tendrÃa dieciséis años de edad, blanco como la leche de la camella, rubio como el oro de NÃnive, hermoso como las rosas de Jericó y vestido con una túnica resplandeciente, entró en casa de Samuel. Aquel joven llevaba un cayado de viaje en la mano y de su cuerpo se desprendÃa una aureola de luz.
—¿Quién eres? —preguntó Beli-Beth.
—Soy Gabriel, el enviado del Señor, el mensajero del ParaÃso, que vengo a entregarte el báculo del viajero y a decirte que tu hora ha llegado. ¡Anda!
—¿Conque era Dios? —exclamó de un modo indescriptible Samuel—. ¿Conque era Dios? Yo le he negado el agua que me pedÃa. ¡Ah! ¡Maldito, maldito, maldito sea mi nombre!
El arcángel repitió:
—Samuel, la hora ha llegado. ¡Anda!
—Por caridad, permite que dé un beso en la frente a ese pobre niño que se halla en la cuna.
—¡Anda! —repitió Gabriel.
—Deja que dé a mi madre el ósculo de despedida.
—¡Anda, anda! —volvió a decirle el enviado de Dios con majestuoso acento.
—Estoy fatigado; deja que respire un cuarto de hora: he corrido mucho desde que Jesús lanzó el último aliento.