El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La visión desapareció. Samuel, desfallecido, entró en su casa y fue a refugiarse junto a la cuna de su hijo, que apenas contaba doce meses. Allí al menos se creía seguro de los muertos.
Fijó sus aterrados ojos en el hermoso niño que dormía en la cuna, pero en este momento el niño se incorporó y, poniéndose de pie, extendió su pequeña mano en dirección al Gólgota, y dijo con esa voz dulce y sonora que deben tener los ángeles:
—Samuel Beli-Beth, anda, anda, anda.
Samuel retrocedió espantado hasta tropezar en la cama de su anciana madre, pero la madre, muda, paralítica desde hacía muchos años, se puso en pie como su nieto y dijo con robusto y claro acento:
—Anda, anda, maldito de Dios.
Samuel no pudo resistir tanta emoción y cayó desplomado en el suelo. En este momento oyóse un golpe seco en la puerta de la calle, luego otro y después otro. Estos tres golpes pausados, sin que él pudiera comprender la causa, reanimaron súbitamente el aterrado espíritu del judío.
—¿Quién va?
—El que Dios envía. Abre.
—Entra si quieres —respondió Samuel, que parecía haber recobrado su pasada energía.