El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Allí, solo con su dolor, con la cabeza hundida entre las manos, permaneció un largo rato. El remordimiento devoraba su corazón y quiso nuevamente implorar la clemencia divina, pero apenas sus labios abrasados por la fiebre pronunciaron la palabra ¡perdón!, escuchó una voz espantosa que repetía sobre su cabeza:

—¡Anda, maldito como yo, anda, anda!

Alzó los ojos para mirar quién era el que le perseguía y amenazaba en tan desiertos lugares y vio a la luz de un relámpago el cuerpo de un hombre ahorcado que se mecía sobre el precipicio.

Aquel cadáver era el de Judas. Samuel abandonó aterrado aquel sitio. Con la rapidez que presta el espanto encaminóse a la ciudad, y entró en ella por la puerta Estercolaria; cruzó del mismo modo el arrabal de Ofel, la explanada del templo, pasó sin detenerse parte de la ciudad de Bezeta, y llegó por fin a su casa. Entonces vio con terror que un esqueleto se hallaba sentado en el poyo de su puerta. Fijó sus espantados ojos en aquel espectro de las tumbas, lanzó un grito y dijo con medroso acento:

—¡Sarai, Sarai, esposa mía! ¿Tú también dejas el sepulcro para maldecirme?

—Samuel, Dios me permite que abandone por un instante mi sepulcro y que venga a despedirme de ti y a decirte: ¡Anda, maldito de Dios, anda hasta la consumación de los siglos!


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