El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El brazo de José era fuerte y más de una vez el santo jornalero derribó al golpe de su hacha los robustos árboles del Carmelo. Mientras tanto, María, la esposa inmaculada, la tierna Virgen de Sión, molía con sus delicadas manos el grano de trigo y amasaba la harina en redondas tortas.
Diariamente, cubierto el rostro con el tupido velo, y la pesada urna[38] de los nazarenos sobre la delicada cabeza, tomando el camino de los Nopales, se dirigía a una fuente poco distante del pueblo a llenar su cántaro.[39]
Terminados los quehaceres de la casa, la Virgen empuñaba el tosco huso y el áspero lino, y entretenida con el trabajo esperaba la hora en que José, con el rostro cubierto de sudor, debía regresar a su casa. Entonces, sobre una mesa de pino, fina y blanca como la conciencia del artífice que la había construido, colocaba María frutas sabrosas y legumbres secas, que constituían la frugal comida de los descendientes de David. Los hebreos son sobrios hasta la inverosimilitud, pues en tiempo de necesidad les basta un jarro de agua y un trozo de pan moreno para pasar un día, sin que por eso se muestren desfallecidos en las horas de trabajo.