El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Cristo subió al Calvario, lanzó el último suspiro en brazos del sagrado leño, descendió desde allí al sepulcro, y al tercer día se elevó al cielo en apoteosis.
Sus lágrimas cayeron sobre el corazón de la humanidad como gotas de rocío; sus palabras fueron la fuente del consuelo, su sangre la preciosa semilla de la religión cristiana; la cruz el sagrado signo de la redención, la llave del paraíso.
Las profecías se habían cumplido.
Los apóstoles de la fe, los propagadores de la nueva ley se extendieron sobre la tierra, y buscando el martirio comenzaron a sembrar la palabra «humanidad», desconocida hasta entonces.
El Cristianismo creció como una bola de nieve.
Los circos de Roma, los tormentos de la India, no pudieron aplastar su hermosa cabeza.
Nerón, Domiciano, Cómodo, esos tres verdugos de la humanidad, sacrificaron más de un millón de Cristianos; pero el Cristianismo renació como el ave fénix, de sus cenizas.
Por todas partes brotaban nuevos retoños de la fe, que extendía su joven y poderosa savia en el corazón de la humanidad.
Las aguas del bautismo cayeron como el rocío celestial sobre los hijos de los idólatras.