El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota »Un dÃa la Virgen puso su mano sobre una flor inodora, que los árabes llaman arthemita, e inmediatamente la flor adquirió una fragancia, un perfume tan grato[46] que aún hoy en dÃa es mirada con predilección entre los hijos de Oriente, la familia de aquella planta que tal virtud adquirió al solo contacto de la Nazarena.
»Detrás de la hermosa casa del pontÃfice hebreo se extendÃa uno de esos jardines llamados paraÃsos entre los persas, y cuya disposición habÃan tomado los cautivos de Israel del pueblo de Ciro y de SemÃramis. Campeaban en él los más bellos árboles de la Palestina, amenizando sus atractivos el dulce perfume de los naranjos y los arroyos de cristalina agua que serpenteaban bajo las pendientes ramas de los sauces.
»Allà era donde los tiernos cuidados de MarÃa hicieron olvidar a Elisabet sus temores sobre un suceso cuya esperanza la colmaba de gozo, pero que su edad avanzada podÃa hacer funesto.
»¡Cuán religiosa y grave debÃa ser la conversación de esas dos santas mujeres!…
»La una, joven sencilla e ignorante del mal como Eva al salir de las manos del Hacedor; la otra, cargada de años y enriquecida con una larga experiencia profundamente piadosa. La una, llevando en su seno, por largo tiempo estéril, un hijo que debÃa ser profeta y más que profeta, y la otra, a la semilla bendita del AltÃsimo, al Jefe libertador de Israel.»