El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota En las hermosas noches de verano, cuando el pálido resplandor de la luna alumbraba la floresta, colocábase bajo una coposa higuera o los verdes pámpanos de un ancho parral[47] la comida de la opulenta familia del mudo Zacarías, compuesta del corderito alimentado con la aromática yerba de la montaña, el pescado de Sidón, el panal de miel silvestre extraído del hueco de la vieja encina, los sabrosos dátiles de Jericó, que estaban por entonces hasta en la mesa del César, los albaricoques de Armenia, los alfónsigos del Alepo y las sandías de Egipto.
El vino de los collados de Engaddi, que el mayordomo del príncipe de los sacerdotes guardaba en cubas de piedra, circulaba en ricos vasos, que llenaban los criados con alegres rostros.
María, frugal así en el seno de la abundancia como en el de la escasez, se contentaba con algunas frutas, un poco de pan y una taza de agua de la fuente de Naphtoa.[48]
Así transcurrieron tres meses, durante los cuales María fue para la anciana Elisabet una hija tierna y solícita. Zacarías, entre tanto, mudo y sordo por su duda ante el enviado de Jehová, esperaba con santa resignación que la bondad del cielo descendiera sobre él, devolviéndole los dones que le había quitado. Llegó, por fin, el tan deseado día, y Elisabet dio a luz un hermoso niño.