El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota EL EDICTO DEL CÉSAR
Doncellitas hermosas de Nazaret que abrĂs el postigo de vuestras ventanas cuando la luz indecisa del alba os envĂa desde oriente los buenos dĂas, vosotras no madrugáis tanto como la casta esposa de JosĂ© el carpintero. Miradla… allá va…
Sobre su divina cabeza, que ha de verse coronada de ángeles, descansa el pesado cántaro de las nazarenas. Sus pies, a los que la luna ha de servir de pedestal, se deslizan por la senda que conduce a la fuente, ligeros como los de una gacela. Sangre de reyes corre por sus venas; pero el trono de sus mayores se deshizo bajo las garras del águila romana, y la corona de sus ilustres antepasados descansa sobre las sienes de un señor extranjero. Su estirpe real no la enorgullece; modesta y hacendosa, se ocupa de los quehaceres de la casa, como la Ăşltima de las mujeres hebreas. Porque MarĂa recuerda las palabras del Salmista, su antepasado: Todo el honor de la hija de un prĂncipe consiste en el interior de su casa. La Virgen llega a la fuente, algunas nazarenas que la siguen llegan tambiĂ©n, y cambian la salutaciĂłn de los israelitas.
—La paz sea contigo —le dicen.
—La paz sea con vosotras —les contesta.
Y colocando la pesada urna sobre su cabeza, vuelve a encaminarse a Nazaret por la senda tortuosa de los Nopales.