El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Faltar a la ley o deshonrar a su esposa eran los dos caminos que su situación crítica le presentaba. La pasión de los celos es dura como el infierno y el marido no perdona en el día de su venganza. Esto había dicho Salomón.
La mujer adúltera debe morir, había escrito el gran legislador de los hebreos en el monte Sinaí.
Los celos eran terribles entre los israelitas: la historia nos presenta ejemplos sangrientos. La sola sospecha de un delito que odiaban, armaba la mano del ofendido esposo y el hierro homicida volvía a la vaina manchado con la sangre de la mujer culpable.
Dina, Thamor, Marianna y otras muchas que no recordamos, son los ejemplos que nos presenta la historia. El bastardo, maldito hasta la décima generación, se veía privado de todas las prerrogativas, de todos los derechos concedidos a los hebreos. Sus plantas impuras no podían pisar las sinagogas; las asambleas nacionales se cerraban para ellos, y las escuelas del Estado les negaban las luces de la ciencia.
Todas estas ideas bullían en tropel por la mente del Patriarca cuando Dios, compadecido de su secreta agonía, mandó sobre sus párpados el reparador fluido del sueño.