El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¿Será verdad lo que mis ojos han visto? —se dice a sà mismo—. MarÃa, la inmaculada Virgen, la esposa casta, la mujer de sencillo y recto corazón, ¿cómo es posible que haya olvidado sus deberes? ¿Cómo creer que haya burlado asà la buena fe del hombre que como padre cariñoso la ha admitido en su casa, respetado sus deseos? ¿Cómo creer que MarÃa deshonre las canas que pueblan mi cabeza anciana? ¡Oh!, No, no; eso no es posible.
Entonces, José, suspendiendo su soliloquio, derramando abundantes lágrimas, permanece mudo y silencioso por algunos instantes.
—Ella ha sido reconocida preñada[49] —volvÃa a murmurar el Patriarca—: todo Nazaret lo sabe; mis parientes han llegado a la puerta de mi casa a felicitarme, y sus palabras de regocijo y alegrÃa han sido saetas que se han clavado en mi corazón, porque ellos ignoran el casto lazo que nos une. ¿Qué hacer, Dios de Sión?… ¿Viviré bajo el mismo techo de una mujer adúltera? ¿Me cubriré de infamia faltando a la ley? ¿Cerraré mis oÃdos a las palabras de Salomón, que nos ha dicho: El que tiene consigo una mujer adúltera es un loco, un insensato?
¡Cuánto debió sufrir aquel santo varón en los momentos de duda que le devoraban!