El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota José se dispuso a emprender un viaje para cumplir las órdenes del César. Belén era la ciudad de sus mayores. Los fallos misteriosos de Jehová le conducían a la ciudad elegida, sin que él mismo lo sospechara. Los idólatras romanos eran el instrumento de que se servía el Eterno para que se cumplieran las profecías. Las nieves comenzaron a descender sobre las montañas de Samaria, y el solitario Líbano, envuelto con el blanco sudario del invierno, enviaba sus heladas brisas desde las orillas del Leontes a las costas tempestuosas de la Fenicia. Las encrespadas olas del Mediterráneo se estrellaban con furor sobre las playas de Tiro, Sidón y Beyrut, y las nubes, señoras del espacio, paseaban las tempestades del invierno desde los confines pintorescos de Betania a los desiertos arenales de Idumea.
Lo riguroso de la estación no detuvo a José para emprender su viaje. Larga era la distancia, árido y peligroso el camino que tenían que atravesar, pero era preciso obedecer las órdenes del César. Puso la confianza en Dios y abandonó su pueblo una mañana fría y lluviosa del mes de diciembre.
Era el año 752 de Roma y el cuarenta y dos del imperio de Octaviano Augusto,[51] cuando el humilde nazareno abandonó su modesta casita y la tranquila paz de su hogar, para dirigirse con su virginal esposa a la ciudad de David.